El presidente recula

¡Buenos días!

Bernardo Arévalo y su administración —diputados oficialistas incluidos— no saben gobernar. El presidente estuvo ausente —hasta última hora— durante todo el jaleo desde la impertinente publicación de los reglamentos de tránsito que obligan a un ineficaz seguro contra terceros, con lo que muestra su desapego a la gestión pública. Lo de él es inaugurar chorritos y cortar cintas, no liderar. Está visto. Pudo haber evitado todo y decidió no hacerlo.

El resto de su equipo ha dado la cara, pero malencarados; valga la redundancia. Puede ser que alguna parte de la oposición a la medida sea “joda” de políticos marrulleros, pero la ciudadanía en general está preocupada y molesta. Ni hablar de las aseguradoras a las que les cayó como balde de agua fría, pues no fueron ni tomados en cuenta.

El Gobierno, in extremis, reculó. Decidió escuchar las genuinas preocupaciones y cedieron en la entrada en vigor de los reglamentos. Habrá un prudente compás de espera para la correcta implementación. Tomaron, al final, una decisión correcta. 

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Editorial | El Gobierno improvisa otra vez…

Se retrasa hasta un año la entrada en vigor del seguro contra terceros

Columna de Opinión | Anatomía del progresismo: cárceles, cárceles y más cárceles

El Gobierno improvisa otra vez… 

El Gobierno de Guatemala ha dado un nuevo ejemplo de su recurrente improvisación al aprobar los reglamentos de la Ley de Tránsito imponiendo un seguro contra terceros que, lejos de resolver problemas, genera más incertidumbre. La medida, que debiese —entre otros— reducir la carga del Estado ante accidentes viales, se pretendió implementar sin un consenso previo con las aseguradoras, dejando en evidencia una falta de planificación y diálogo que ya es el santo y seña de la administración. 

El seguro obligatorio es un paso en la dirección correcta, sí. Sin embargo, su diseño resultó tan deficiente que parece más una ocurrencia que una solución. No contempla daños materiales ni hospitalización, dos de los aspectos más críticos en cualquier accidente de tránsito. ¿De qué sirve un seguro que deja desprotegidas a las víctimas en los rubros más costosos y urgentes? Esta omisión no solo frustra el propósito de la ley, sino que impone una carga económica adicional a los ciudadanos, quienes deben pagar por algo que no les ofrece seguridad real.  

La ausencia de coordinación con las aseguradoras es una pifia imperdonable. Sin su respaldo, la implementación carece —cuando menos por ahora— de viabilidad técnica y financiera; peor aún, la existencia de pólizas inadecuadas. El gobierno, una vez más, ha puesto el carro delante de los bueyes, priorizando la apariencia de acción sobre la eficacia. 

Al fin, el Gobierno derogará la medida y aprobará otra; se esperó durante 29 años, y unos meses más no harán mayor diferencia. En esta administración, las buenas intenciones se ahogan en la falta de correcta ejecución.  

… Pero la oposición a la medida es ridícula  

La oposición a la implementación de un seguro alcanzó niveles que rayan en lo irracional. Si bien toda medida pública merece escrutinio, los bloqueos de vías en la capital y de carreteras atentan contra el derecho básico de libre locomoción de miles de ciudadanos.

Insistimos: más allá de las falencias ya indicadas, el seguro busca un objetivo sensato: garantizar que las víctimas de accidentes de tránsito estén protegidas frente a los daños causados por terceros. En un país donde los accidentes son frecuentes y el Estado carece de recursos para asumir todas las consecuencias, esta normativa podría aliviar una carga social y económica evidente. Sin embargo, los detractores optaron por el rechazo visceral. ¿Acaso prefieren que sigamos con un sistema donde las víctimas quedan desamparadas y los causantes evaden toda responsabilidad? 

Más absurdo aún es el método; bloquear carreteras no es protesta pacífica; es un violento acto de egoísmo que perjudica a trabajadores, estudiantes y familias que dependen de la movilidad diaria. La Constitución protege la libre locomoción como un derecho fundamental, y los bloqueos lo pisotean sin miramientos, afectando a quienes no tienen voz en este debate.

Es hora de madurar como sociedad. El seguro obligatorio no es perfecto, pero oponerse a él con tácticas que dañan a la mayoría —y sin respaldo técnico, se insiste— refleja una mentalidad cortoplacista y desordenada.  

A las cosas hay que llamarlas como son. 

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Edgar Quiñónez
Se retrasa hasta un año la entrada en vigor del seguro contra terceros
460 palabras | 2 mins de lectura

La publicación de los acuerdos gubernativos 46-2025, 47-2025, 48-2025 y 49-2025, reglamentos a la Ley de Tránsito, el 17 de marzo en el Diario de Centroamérica, avivaron las críticas en contra de Bernardo Arévalo y el Gobierno en general.

En perspectiva. Lo más controversial y lo que ha provocado una serie de reacciones, es la norma que establece que los propietarios de cualquier tipo de vehículo deben contar con un seguro de responsabilidad civil contra terceros y ocupantes.  

  • Se debe apuntar que la Ley de Tránsito ya normaba la contratación de un seguro. Sin embargo, existía una carencia de regulación específica y sanciones por la omisión. La decisión del Ejecutivo fue una bomba que cayó por sorpresa.  

Sí, pero. Es innegable que, contar con una póliza de vehículo es necesario y como sociedad es importante tener buenas prácticas. Muchos países de la región contemplan la obligatoriedad de seguro.  

  • El gran problema o reto es que, en el contexto actual en Guatemala, no se puede implementar dichos reglamentos tal como fueron publicados, de la noche a la mañana.

  • La disposición de la administración de Arévalo cae en lo ilusorio. La razón es simple: medidas como las anunciadas deberían aplicarse cuando se cuente con alternativas favorables para las personas.

  • Es decir, un transporte público eficiente, eficaz y seguro, algo que es inexistente. Eso ayudaría a desincentivar el uso del vehículo. Incluso agilizaría la movilidad y serviría de solución al tráfico.  

Qué destacar. Otro detalle que pasó por alto el Gobierno al publicar estos acuerdos es el tema del salario mínimo. La mayoría de los guatemaltecos ganan ente GTQ 3600 a GTQ 3800, montos que no les son suficientes para cubrir este gasto adicional.  

  • A ello se suma que las aseguradoras no están preparadas para poner en práctica estas medidas, y aunque el Gobierno asegura haber sostenido durante un año diálogos con organizaciones —más de 500, según el secretario de Comunicación Social de la Presidencia, Santiago Palomo—, no incluyeron a las aseguradoras. Parece chiste, pero es verdad.

  • República solicitó información al Ministerio de Gobernación —cartera encargada— sobre esas centenas de “organizaciones”, pero al cierre no respondieron. Tampoco respondió la Secretaría a cargo de Palomo.

  • Según la Asociación Guatemalteca de Instituciones de Seguros (AGIS), menos el 10 % de los guatemaltecos tienen un seguro para su vehículo. Pese a la serie de bloqueos y manifestaciones en contra, el ministro de Gobernación, Francisco Jiménez, afirmó que no darán [el Gobierno] marcha atrás al seguro obligatorio para todos los vehículos.  

En conclusión: La medida no es perniciosa, pero se dejó fuera de la discusión a quienes deben ofrecer el seguro; además, distintas voces de la sociedad civil —y hasta legisladores oficialistas— abogaron por un retraso en la obligatoriedad, pues consideran que es un período muy corto.  

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Desde antes de las protestas del ‘68 en Francia, la cultura en Occidente dio un giro abrupto sin un retorno evidente a la histórica tradición pasada de la vida, la libertad y la propiedad. La semilla del progresismo ya había florecido y había dado frutos envenenados. Por su hegemonía a través del mundo occidental, es propio hacer una taxonomía filosófica de las propuestas generales que se traducen en política pública y cultura.

El progresismo, asumiendo por propósitos prácticos que es una corriente única y homogénea, nace de múltiples cauces. Habitualmente, el progresismo se nutre de la negación de la existencia de cosas inmateriales tradicionales, la percepción de opresión de las estructuras pre modernas y la necesidad de acción estatal para resarcir los “daños” de la libertad.

Dentro de los postulados progresistas, la existencia de cosas inmateriales, tales como la verdad, Dios, la justicia, el alma y demás formas usualmente ligadas a la filosofía griega y el cristianismo, se comprenden como discursos que intentan detentar la percepción de la realidad sin ser reales en verdad. La verdad, la justicia y otras formas inmateriales son, o bien, discursos subjetivos a cada uno; o bien, palabras nada más. El uso de estas “palabras” vacías son necesariamente expresiones de poder: no se habla de nada, se domina.

Ahora bien, por la ansiedad de la ubicuidad del poder, estos discursos requieren de un proceso deconstructivo de las estructuras opresivas arraigadas en nosotros. Debido a que pensamos desde estas estructuras automáticamente, es esencial “revisarlas”, porque únicamente aparecen como reales, cuando no son. Por ejemplo, pensamos de manera binaria: cielo-tierra, bueno-malo, hombre-mujer. Esta manera automática de pensar es opresiva, pues proviene de estructuras externas creadas por los poderosos para controlarnos (patriarcado, religión, género) y, por ello, es necesario deconstruirlas. La conclusión a la que se llega es que el Estado debe resarcir a los afectados, habitualmente minorías, por todas aquellas estructuras que, superpuestas una encima de la otra, oprimen múltiples veces a aquellos que no se conforman a las normas binarias.

Más allá de la condición real de las cosas inmateriales, la negación de estas trae consigo un detrimento fundamental para el ideal republicano. El progresismo crea un vacío lógico que se encuentra después de la negación de cosas inmateriales y que conlleva una necesidad de llenarlo. Los viejos poderosos caen y entran nuevos con diferentes discursos. Si no existe lo inmaterial y todo es discurso, el progresismo ara en el mar, pues su posición es indefendible. Además, el sujeto político se encuentra encadenado por todos lados y, por tanto, requiere de la destrucción de todo aquello viejo por lo nuevo, con confianza ciega de lo nuevo por ser nuevo. Aquí se encuentra el dilema último: se asume que el Estado puede resarcir todos los daños, devorando la libertad a través del poder de la administración. Todo lo que nazca de la libertad y sea asimilado como parte de una estructura opresiva debe ser reprimido.

Dentro de los postulados del progresismo se encuentra una amenaza hacia aquellas cosas que consideramos valiosas en sí mismas y por sus efectos positivos en la sociedad. Así, pagamos programas culturales progresistas sin nuestro consentimiento. El Estado, unos pocos grupos de interés y organizaciones supranacionales son soberanos de las decisiones culturales, políticas y económicas. Además, surge la cárcel del lenguaje. No se puede hablar fuera de las nuevas normas de lenguaje no-binario, sin pena de humillación o incluso judicial. Por último, el fundamento de la tradición, el cristianismo, se cree como algo para ignorantes, mientras que lo new age nos libera. El fundamento de la libertad, la vida y la propiedad se ha perdido.

En conclusión, nada está permitido. Pensar está prohibido. Hablar está prohibido.

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