Se consumó el fraude en la USAC; la justicia calla

¡Buenos días!

Ciudad Cayalá representa uno de los espacios públicos más exitosos y democráticos —aunque les duela a algunos— del país. Se trata de un lugar abierto y gratuito donde cualquier ciudadano puede pasear por sus amplias áreas verdes, disfrutar de comercios variados, restaurantes y opciones de diversión para toda la familia. Lejos de ser un enclave privado, Cayalá se ha consolidado como un punto de encuentro que fomenta el esparcimiento y la convivencia en un ambiente seguro y agradable.  

Sin embargo, como todo éxito empresarial, ha sido objeto de una feroz campaña de descrédito por parte de la izquierda nacional e internacional. Con saña, se ha pretendido pintar a Cayalá como un espacio “elitista” reservado solo para “los ricos”. Este ataque no es casual ni espontáneo; responde a una retorcida y patética estrategia de supuesta lucha de clases, diseñada para dividir y estigmatizar cualquier iniciativa que demuestre que el progreso y la belleza urbana pueden ser accesibles para todos. 

Quien visite Ciudad Cayalá, especialmente en fin de semana, puede constatar de inmediato la falsedad de esa narrativa. Son las personas más sencillas quienes que más acuden, las que más lo aprecian y las que más disfrutan del espacio a su disposición. Allí conviven con naturalidad todas las clases sociales, sin exclusiones ni barreras artificiales. 

República lo demuestra de manera contundente con un contenido audiovisual que recorre las instalaciones y captura las voces y rostros de quienes realmente lo habitan. Sus imágenes dejan claro que Cayalá no es un símbolo de división, sino un ejemplo vivo de cómo los espacios bien gestionados enriquecen la vida de la mayoría. 

Los invitamos a verlo en las redes de República.

 
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La letra escarlata de los magistrados

Al estilo de Walter Mazariegos, entre corrupción, el usurpador se robó, nuevamente, la elección de rectoría de la Universidad de San Carlos (USAC). La “elección”, que consumó el segundo fraude de Mazariegos —como en 2022—, se realizó sin acceso a la prensa. Además, contó con un fuerte escuadrón de seguridad privada que incluso atentó contra los manifestantes. 

A diferencia de 2022, —elección que se realizó en El Parque de la Industria—, ayer se efectuó en un hotel de Antigua Guatemala. No entraron todos los cuerpos electores elegidos. El Consejo Superior Universitario (CSU) solo acreditó a 15. De ellos, cinco eran de una aparente oposición. En total, 75 electores, más el voto del usurpador, sumarían 76 votos. 

Algunos integrantes de la oposición intentaron frenar el fraude; fue inútil. Solo criticaron el proceso, pero no propusieron alternativa; el único candidato fue Mazariegos. 

No se supo cómo ingresó Mazariegos y su comitiva —también los electores— al hotel de la Antigua Guatemala. Lo mismo sucedió para su salida. Sin embargo, el equipo de República identificó que ingresó por una casa particular que conecta con el recinto. 

El fraude se consumó en menos de 30 minutos. El resultado ya estaba dado; fue pantomima. Los electores de oposición fueron retenidos y tuvieron problemas para salir del hotel luego de la validación oficial de los resultados.  

No a modo de consuelo, sino más bien de vergüenza, lo ocurrido ayer no sorprendió a nadie; durante varios meses —si no años— se advirtió que esto o algo similar ocurriría. Muchas críticas en redes y en medios, pero las autoridades que pudieron hacer algo —enderezar el entuerto o frenar el fraude— no hicieron mayor cosa.  

Magistrados que conocieron de acciones en contra de ello fueron cómplices. En medio de procesos de designación de magistrados a la CC y al TSE, además de fiscal general —donde el rector de la USAC tiene injerencia directa o mediata— hicieron que autoridades judiciales lo tratasen [a Mazariegos] con guantes de seda. Miedosos o interesados, permitieron el fraude. 

Porque, no es como que el asunto requiriese un sesudo análisis o contraste exegético de normas; bastaba ver el proceder de las autoridades universitarias para que, en aplicación de la ley —pero sobre todo del Derecho—, resolviesen adecuadamente. No lo hicieron. Vergonzoso. 

Porque, que existan hampones que violen la ley es casi imposible de limitar, pero pudiesen ser disuadidos por un sistema de justicia operante y que garantice certeza de castigo. Claramente no lo tenemos en Guatemala y, por ello, es que personajes como Mazariegos se animan a hacer lo que se les venga en gana; las —pocas— resoluciones que lo obligaban a repetir elecciones o acreditar electores le valieron un pepino. 

Así, Mazariegos, el corrupto, contó con la connivencia de otros como él en el sistema de justicia —además de políticos— que, con su ilegal reelección, podrán tener acceso a contratos, a cátedras y a posiciones que despenderá el usurpador. Todos ellos, aunque de manera simbólica, llevarán de ahora en adelante una letra escarlata que evidencie su pecado. 

 
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Rafael P. Palomo
Esta es la gran estrategia de Trump en Oriente Medio, y podría funcionar
956 palabras | 6 minutos de lectura

La política exterior de Donald Trump en Oriente Medio, durante su segundo mandato, es un punto de quiebre en la historia, pero su eficacia sigue sin estar clara.  

En perspectiva. Lo que comenzó en su primera administración como una ruptura con la diplomacia tradicional estadounidense ha madurado ahora en una doctrina estratégica más clara, en la que EE. UU. ya no intentará remodelar la región a su imagen. En cambio, funcionará con quienes puedan cumplir. En el centro de ese cambio está Israel.  

  • Durante décadas, el apoyo estadounidense a Israel se enmarcó a través de dos lógicas solapadas: la estrategia de la Guerra Fría y la diplomacia liberal. 

  • Originalmente, Israel fue un aliado clave contra la influencia soviética, pero más tarde formó parte de un esfuerzo más amplio para promover un orden estable y basado en normas en Oriente Medio, que acabaría incluyendo una solución negociada al conflicto israelí-palestino. 

  • Ese acto de equilibrio —apoyar a Israel mientras lucha por la paz— definió la política estadounidense durante años, y Trump rompió ese equilibrio. 

Cómo funciona. Su primera administración se alejó decisivamente de la idea de que EE. UU. debía actuar como intermediario neutral. Reconocer Jerusalén como la capital de Israel, trasladar la embajada y reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán fueron señales, en lugar de decisiones aisladas. Washington estaba eligiendo la alineación y demostró que ya no estaba interesado en preservar la ambigüedad diplomática.  

  • El modelo antiguo se había estancado, con décadas de negociaciones entre israelíes y palestinos que apenas habían dado lugar a procesos procesales. 

  • Mientras tanto, la propia región estaba cambiando. La creciente influencia de Irán —en gran parte patrocinada por Obama—, la fragmentación de la política árabe y la aparición de preocupaciones de seguridad compartidas entre Israel y varios estados del Golfo crearon nuevas oportunidades. 

  • Trump aprovechó esa convergencia, y el mayor resultado fueron los Acuerdos de Abraham. 

Por qué importa. Al normalizar las relaciones entre Israel y países como los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, EE. UU. demostró que la alineación regional podía avanzar sin resolver la cuestión palestina, algo impensable para sus predecesores. La lógica era sencilla: los intereses existenciales compartidos —especialmente en torno a Irán— importaban más que los conflictos ideológicos no resueltos. Fue un avance transaccional que redefinió el mapa diplomático de la región. En la segunda administración de Trump, esa lógica se ha profundizado y las escaladas contra Irán lo demuestran claramente.  

  • La política estadounidense en Oriente Medio se basa ahora en tres pilares: una alineación estratégica total con Israel, una presión agresiva sobre Irán y una reducción deliberada de la implicación militar directa de EE. UU. 

  • Este último pilar solo funciona si el segundo se cumple completamente. 

En detalle. Primero, Israel es ahora oficialmente el pilar de la estrategia estadounidense en la región. La cooperación se ha ampliado más allá de los lazos tradicionales de defensa hacia áreas como la defensa antimisiles, la ciberseguridad, la innovación tecnológica y, ahora, las operaciones militares conjuntas. Israel no solo está siendo apoyado, sino integrado como socio estratégico capaz de contribuir a la proyección de poder estadounidense.  

  • Segundo, Irán —es visto como la principal fuente de inestabilidad regional, desde sus ambiciones nucleares hasta su red de fuerzas proxy— se ha convertido en el adversario central. La administración ha ido más allá de la contención hacia una postura más agresiva destinada a neutralizar completamente al régimen.  

  • Tercero, Estados Unidos intenta retroceder militarmente sin retroceder estratégicamente. A diferencia de administraciones anteriores que luchaban por equilibrar la retirada con la influencia, Trump sigue un modelo en el que los actores regionales asumen más carga. 

Entre líneas. El asunto va más allá de Oriente Medio; representa un cambio más amplio en la forma en que EE. UU. entiende su papel en el mundo. La era de intentar transformar regiones mediante la democratización y la intervención prolongada está dando paso a algo más pragmático y transaccional, construyendo coaliciones basadas en intereses —no necesariamente valores— compartidos. Sin embargo, eso no significa que los valores hayan desaparecido. Simplemente significa que ya no son el punto de partida.  

  • Este cambio también ayuda a explicar las dinámicas internas cambiantes en torno a Israel. Aunque el apoyo a Israel fue en su momento un punto raro de consenso bipartidista, ahora se está polarizando cada vez más. 

  • Los republicanos —no necesariamente los conservadores— se han alineado más estrechamente con el gobierno israelí, mientras que sectores del Partido Demócrata se han vuelto más críticos. 

  • Sin embargo, bajo ese ruido político, la relación estructural sigue siendo fuerte. Los lazos militares, de inteligencia y tecnológicos entre ambos países continúan profundizándose, en gran medida aislados de los ciclos electorales. 

En conclusión. Porque incluso, a medida que la política estadounidense evoluciona, la lógica estratégica que sustenta la relación probablemente no desaparecerá. El papel de Israel en la defensa antimisiles, el intercambio de inteligencia y la disuasión regional lo hace demasiado valioso para marginarlo. Lo que importa es el poder y la proyección de poder. La forma de la relación puede cambiar, pero su núcleo perdurará.  

  • La política de Trump en Oriente Medio trata de gestionar los conflictos mediante la alineación. Al fortalecer los lazos entre actores con intereses compartidos y reducir la exposición directa de Estados Unidos, la administración intenta crear un equilibrio de poder más sostenible, uno que no dependa de la intervención estadounidense constante. 

  • Si ese equilibrio se mantiene es una cuestión abierta. Las tensiones subyacentes de la región no han desaparecido, pero este enfoque supone un cambio decisivo respecto al pasado. 

  • Los días de libertad y democracia en Oriente Medio han terminado, pero también podrían estar atrás los días de las patas sobre el terreno y la agricultura del terrorismo. 

*Una versión del hilo anterior salió publicada previamente en nuestro boletín GCaM.

 
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